Odio de razas
Odio de razas Después de veinticuatro horas de vigilia bajo aquel altar, Nophaie oró. Recordó con toda su pasión las oraciones de los Nopahs y las pronunció en voz alta, en pie, erguido, con el rostro iluminado directamente por la luz de la luna. Su impulso había sido místico e ingobernable. Llegaba hasta él desde su pasado, desde los oscuros días de su niñez. fue el último destello moribundo del misticismo y la superstición de un indio. La sinceridad y el fervor con que recitó las plegarias no fueron iguales a los de su pasado. Pero las plegarias le dejaron frío. La desesperación encadenó su alma, y luego, de modo extraño, dejó de ejercer presión sobre ella. Nophaie era libre. Y lo comprendió plenamente.
El tiempo cesó de existir para Nophaie. La tierra y la vida parecieron inmovilizarse.