Odio de razas
Odio de razas ¡Nata! ¡El dios indio, el dios Nopah! ¡El puente de piedra arenisca! ¡Cuán grandes los dos lados que unía! Aquellos costados habían sido abiertos por el fluir del agua, por el soplar de los vientos. Millares de millones de toneladas de tierra habían sido arrastradas… para dejar a Naza tan magníficamente en donde se hallaba, como si fuera imperecedero. Pero no era imperecedero; estaba sentenciado. Debía caer o ser arrastrado. Aquella tremenda belleza de línea y color, aquella mole imponente habrían de ser, a medida que el tiempo transcurriese, pequeños granitos de arena que corriesen a lo largo del arroyo murmurador.
Y entonces llegó a Nophaie el secreto de aquella atracción.