Odio de razas

Odio de razas

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- Esposa, estás tan pálida y tan desalentada como la propia Marian - comenzó diciendo Withers. Luego, habiéndose limpiado el rostro, exhaló un ruidoso suspiro y se dejó caer sobre una silla -. Escuche: la sublevación de Beeteia ha tenido más. importancia de lo que suponía- mos. ¡Es raro! Es lo más extraño que he conocido durante mi existencia en el desierto… Cuando llegué a Mesa, había una multitud compuesta de más de un millar de Nopahs y de Nokis, los cuales gritaban ruidosamente y esperaban que Morgan y Blucher se presentasen ante ellos. Afortunadamente, tanto Blucher como Morgan se hallaban ausentes… porque, según he podido decir, habían ido a parar a no sé dónde con el fin de expulsar de la colonia a un pobre diablo. Los indios creyeron que habrían ido a Washington en busca de soldados. Y se aplacaron un poco. Luego, los indios viejos los arengaron y les hablaron acerca de la locura de tal sublevación. Beeteia fié obligado a marcharse, con el fin- de evitar su encarcelamiento. Hasta aquí todo va bien…

Withers se detuvo para descansar un momento, acaso para escoger palabras que no, contribuyesen a sobresaltar más a las dos atemorizadas mujeres.




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