Odio de razas
Odio de razas La misión pastoril de Nophaie era solitaria v descansada. Solamente había de conducir al rebaño desde las llanuras herbosas hasta los declives cubiertos de salvia, lentamente, hora tras hora, y regresar a la hora del crepúsculo vespertino al encerradero próximo a la casa, siempre alerta contra la presencia de los animales de presa.
Nophaie semejaba una parte de aquella tierra desierta, roja y purpúrea. Nació baio la sombra de la altiva montaña, cuyo muro zigzagueaba desde el este hasta el oeste, a través dei erial. Las oquedades eran desfiladeros. Sus rotos segmentos eran cumbres y monumentos, flechas de piedra roja que se levantaban hacia los cielos, audaces, desnudas, fuertes, modeladas por el viento, la tierra y el hielo. Entre aquellos muros y monumentos se extendía la tierra arenosa del desierto, siempre manchado en algunos lugares por el verdor de la hierba y la cizaña, purpúreas desde la lejanía.
