Odio de razas
Odio de razas Solamente al llegar a lasa alturas pudo Marian comprender que la increíble expansión ilimitada del desierto no podía ser apreciada en toda su magnitud. Y llegó hasta una elevada pendiente desde la cual pudo ver hasta muy lejos, bajo una amplia pradera y al pie de ella, hacia la lentamente ascendiente extensión desnuda que se elevaba hasta las alturas purpúreas y negras. Estos colores retuvieron la atención de su mirada. Una prominencia redonda y pétrea que se erguía a la izquierda y la dilatada superficie de la meseta situada a su derecha parecieron hacerse a cada momento menos prominentes para su vista. Una hora más tarde pudo observar que las negras alturas eran bosques de cedros y que las purpúreas eran praderas de salvia. Mucho antes de que hubiera llegado a aquellas hermosas manchas despejadas se dio cuenta de la fragancia que impregnaba el aire, y que se hacía a cada instante más fuerte, más aguda, más dulce. Marian reconoció en ella el aroma de la salvia. Pero, ¡qué extraño, sofocante casi, confortador! Allí no se ponía en evidencia la esterilidad.del desierto. Los viajeros habían llegado hasta una alta elevación. Los. bosques de cedros y los terrenos cubiertos de salvia los cercaban por todas partes.