Odio de razas

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Y condujo a Marian a la parte posterior de la casa de piedra gris, al almacén. El centro de la gran estancia tenía un cuadrado de piedra, y en torno a él unos altos mostradores que lo separaban de los estantes, los cuales estaban cargados de mercancías. Varios indios se apoya- ban indolentes en tales mostradores. Marian vio mechones de cabellos negros que asomaban bajo los anchos y arrugados sombreros de los indios. Vio también los destellos de las hebillas y los ornamentos de plata. Oyó el repicar de monedas de plata y voces bajas, en las cuales la sílaba predominante sonaba como toa o taa. Todos aquellos indios se hallaban vueltos de espaldas a Marian y parecían estar realizando operaciones de compra. Un hombre blanco se encontraba tras el mostrador, cuyos extremos se ocultaban bajo montones de mantas indias. Atrás, en las estanterías, había una variedad de mercancías, de artículos de comida envasados en latas, en cajas, en orzas. Del techo pendían sillas, bridas, linternas, cuerdas… Un innu- merable surtido de artículos vendibles a los indios.

- Ahí está su Pahute - dijo Withers señalando desde la puerta a un punto del exterior-. No es muy guapo, ¿verdad?




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