Odio de razas
Odio de razas - ¿La tiene? -contestó Withers amargamente-. Supongo que sí. Hace todo lo posible por librarse de la presencia de los misioneros a quienes no puede dominar; o, por decir mejor, de todos los que se hallen en esas condiciones, sean o no sean misioneros.
- ¿Cómo puede hacerlo? - preguntó fogosamente Marian.
- Nadie lo sabe en realidad. Pero los que residimos aquí desde hace mucho tiempo hemos formado nuestra composición de lugar… La fuerza de Morgan puede ser la de la política, o la de la Iglesia… o ambas. No hay duda de que está en buenas relaciones con el tribunal misionero del Este. No hay duda de que ese tribunal director está formado por sacerdotes sinceros y honrados que quieren ayudar y cristianizar a los indios. He conocido a uno de ellos: el presidente. Este presidente habría creído siempre que cualquier crítica de la labor de Morgan fuese un ataque injusto procedente de algún misionero envidioso, o la maniobra de algùn corrillo de hombres de otra religión. Los hechos jamás llegaron a la mesa de la asamblea. Y ésta debe ser la cansa de la fuerza y de la autoridad de Morgan. Pero las escamas caerían algún día de los ojos de los directores, y ese día Morgan será despedido.
- ¡Cuán diferente es… la labor misionera… de lo que hemos leído y oído! -murmuró soñadoramente Marian mientras pensaba en la carta de Nophaie.