Río perdido

Río perdido

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—Hettie, aún no puedo creer que seas tan alta —murmuró su hermano, dejándose llevar bajo los oscuros árboles hacia la iluminada ventana de la cocina. Llegaron a los pórticos. Hettie le rogó que no hiciera ruido. ¡Cómo le apretaba la mano! El corazón le latió con violencia. Los recuerdos del pasado le oprimían… Muchas, muchas veces había entrado así en la oscuridad, después de un día de loco correr por los campos desobedeciendo los mandatos del padre, para que la madre lo protegiese. Parecía que tuviera los pies de plomo, y las espuelas no cesaban con su tintineo. Hettie abrió la puerta; la cocina estaba vacía. Ben entró tras su hermana…, nada había cambiado. Las riquezas de su padre no se revelaban en aquella amplia y cómoda cocina. El tictac del viejo reloj tuvo un efecto sedante sobre él. Asimismo había sonado cuando su pequeño hermano Judy estaba en la agonía. ¡Cuántos años habían pasado desde entonces!

Hettie se volvió hacia él, iluminada por la brillante luz, pálida el rostro, relucientes los ojos, con una oración en los labios.

—Mamá —dijo en voz baja y rota—, aquí está alguien que quiere verte.

—Bien, hija mío, dile a ese alguien que entre —contestó su madre con voz complaciente desde la habitación contigua.

—No, es necesario que salgas —repuso Hettie.


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