RÃo perdido
RÃo perdido Ben bajó la cabeza ante sus tristes recuerdos. El momentáneo destello de esperanza y satisfacción se apagó ante: la ola de increÃble desastre que creÃa inminente. Despertar para encontrar que la noche no habÃa hecho sino aumentar sus cuitas, era más de lo que Ben podÃa soportar.
—Ben, me parece que tú has visto a tu novia —declaró Nevada como si de pronto comprendiera el humor de su amigo.
—¿Qué dices? —balbuceó Ben, alzando el rostro.
—A la novia de tu infancia, como Hettie la llamó —dijo Nevada—. Esa joven damita de la Universidad que va a valer un millón de dólares. La muchacha a la que los vaqueros de Hammell llaman la «Perla del lago Tule».
—¡Cállate, o te rompo la cabeza con ese palo! —gritó Ben, hecho una furia.
—Dios mÃo, ¡qué flechado está el chico! —exclamó Nevada—. Pues, ¡sà que eres agradecido! Di, si me des pides, ¿quién va a arreglar ese asunto amoroso por ti? Ben gimió, retorciéndose:
—Nevada, es terrible oÃrte hablar de ese modo…, con tanta serenidad y sangre frÃa como si…
—Pero, querido Ben, yo veo muy claro lo que te pasa… —observó el vaquero persuasivamente—. ¿Has visto a Ina Blaine? Confiesa de una vez, hombre.