RÃo perdido
RÃo perdido —Bueno, hombre; pero después de hablar tanto de comprar las parcelas de Sims y de su vecino, de coger otra manada de caballos salvajes y Dios sabe qué más, nada me has dicho aún de lo que tú y Modoc habéis descubierto —dijo Ben en son de protesta.
—La verdad, amigo, no me gusta que ensilles tu caballo más veloz y nos dejes aquà con todo el trabajo, como lo has hecho —repuso Nevada.
—¿No tienes confianza en m�
—Cuando un hombre está enamorado, no es bueno para nada.
—Oye, Nevada, en cuanto a eso de estar enamorado, creo que tú también lo estás. ¡Y de mi hermana! Eso y no otra cosa ha cambiado al vaquero descuidado y alegre en una verdadera fiera que sueña por todo lo alto.
Nevada se tornó rojo y se detuvo en su tarea para dirigir una mirada escrutadora a Ben. Su mano enjuta temblaba al alzarla en ademán de inconsciente súplica.
—¿Y si lo estuviera? —preguntó, haciendo un esfuerzo.
—¡Y si lo estuvieras! Vamos, hambre; si está tan claro como larga es tu nariz… ¡Y cuidado que es larga! ¿Qué quieres decir?
—Amigo, no sirvo ni para quitarle el polvo a los zapatitos de Hettie, eso ya lo sé. Pero, vamos, el conocerla me ha cambiado por completo.