RÃo perdido
RÃo perdido —No, no me lo quedaré. Se lo daré en secreto a Ina y luego se lo venderé al padre de ella. Eso le gustara mucho, estoy seguro, porque, como Ina, no hay ninguna.
—¡Ajá! Pues ya tengo ganas de ver a esa chica… Bueno, vámonos ahora a los pastos para acabar con este dichoso asunto.
Modoc, el indio, les aguardaba fuera con los dos animales de carga; cuando éstos estaban dispuestos, se los llevó hacia el granero, mientras Ben y Nevada montaron a caballo y se dirigieron a trote vivo hacia los campos de pastos.
Ben habÃa cercado unos cien acres de su terreno, una extensa faja, de cinco acres de ancho, a lo largo del rÃo. Tratábase de una extensión de tierra baja, cubierta de arte misa y hierba que, cerca del agua del rÃo, aún era bastante fértil parca bastar a sus caballos.
Nunca como en aquella época habÃa merecido RÃo Perdido tan bien su nombre. Cada dÃa bajaba el nivel una o dos pulgadas y la superficie estaba cubierta de espuma verde. El agua, sucia y fangosa, corrÃa lentamente por entre los bordes de tierra reseca.
—Está secándose —dijo Nevada—. Otro mes como éste y el rÃo será, en esta parte, sólo un lecho de fango. Tuviste mucha suerte, Ben, en descubrir aquel manantial.