RÃo perdido
RÃo perdido —Eso mismo. No hay ya agua en esas sierras y laderas. Los caballos están cansados de beber esa agua sucia y corrupta del lago. Y el agua del RÃo Perdido está también fangosa y amarga. En aquellas cuevas la hay clara y frÃa. Modos cuenta que ya sus padres y abuelos solÃan coger allà los caballos, y, como tú dices, hemos estado esperando la oportunidad desde años.
¡Qué suerte la nuestra! Tú sabÃas todo eso cuando esta mañana me pusiste el puñal en el pecho para que vendiese mis caballos, ¿verdad?
—SÃ, señor. Mi idea era ver de qué temple estabas hecho.
—¿Vio Modos al Rojo de California? —preguntó Ben ávidamente.
—No, pero yo sà —repuso Nevada, contagiándose, con el entusiasmo de su amigo—. Estaba yo cabalgando a unas seis u ocho millas monte arriba, buscando huellas. Subà bastante alto, y al doblar un recodo tropecé con el Rojo. TenÃa consigo un pequeño hatajo, casi todo yeguas. Iban en dirección al Norte. ¡Qué manera de correr cuando el Rojo me vio! ¡Parece mentira que pueda correr tanto! Estoy seguro de qué se dirigió hacia las sierras altas.
Muy bien! Asà está fuera de peligro durante este verano —observó Ben, satisfecho—. Y tendremos tiempo de trabajar. Cogeremos al Rojo cuando las nieves lo echen de la montaña.