Río perdido

Río perdido

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Ben sabía por Modoc que los de su tribu, en otros tiempos, solían emboscarse cerca de la cueva vigilando durante la noche el momento en que los caballos iban a beber; y echar luego a correr para obstruir el lugar angosto por donde la vereda conducía al borde. Era una trampa muy sencilla, casi absurda por lo fácil. En el momento en que Ben vio por dónde entraba el camino en la hondonada, casi sintió vergüenza de cazar los caballos con tanta facilidad. Había, sin embargo, dos grandes dificultades. Una de ellas era que sólo muy raras veces, cuando la estación era de sequía excepcional, acudían los caballos a aquel sitio. Y la segunda consistía en que, una vez cogidos en la trampa, era una tarea aventurada y dura sacarlos de allí sanos y salvos. Mas no por eso desanimóse Ben; sabía cómo tratar los caballos, y en cuanto a Nevada, éste era un maestro en el manejo del lazo.

Modoc puso en seguida manos a la obra; empezó a cortar ramas y troncos, y cuando Ben hubo contemplado a sus anchas la trampa fascinadora, arrastró consigo a Nevada para ayudar al indio. Entre los tres construyeron un puerta tan pesada que les costó trabajo llevarla al punta deseado, donde la ocultaron bajo los arbustos. Dos grandes rocas de lava a ambos lados de la senda daban fe de haber servido antiguamente de quiciales para las puertas que cerraban la trampa.


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