RÃo perdido
RÃo perdido —Dales tiempo —repuso Nevada—. Ahora no piensan en nada más que en beber el agua fresca de la caverna. Parecióle a Ben un tiempo interminable hasta que vio que el último caballo desaparecÃa por el borde. Esperó, suspenso el ánimo, hasta que el ruido de los cascos, el rodar de piedras, se alejó, apagándose, y entonces dio la voz. Ben era un buen corredor y Nevada daba buenas zancadas, pero el indio se adelantó a ambos y ya estaba tirando de la pesada puerta cuando los dos llegaron.
—Todos a una —ordenó Ben cogiendo la puerta—. ¡Ahora!
Tambaleando bajo el gran peso llevaron la puerta hacia el lugar predispuesto y en pocos minutos la tenÃan colocada poniendo también las grandes rocas para sujetarla.
Luego Ben se irguió, sudoroso, y miró sin poder hablar a Nevada, que habÃa permanecido sereno e inmutable.
—Bueno, Ben, ¿qué me dices ahora de mis vaticinios? —dijo con voz pausada.
—¿Vaticinios?
—Claro, hombre. Lo del cambio en nuestra, suerte. Creo que estabas tan loco que nada pudiste ver; mas yo creo que hay unos cien caballos en esa manada. Están encerrados en la trampa. Son nuestros…, con un poco de trabajo. Y ¿qué nos importa a nosotros trabajar?