RÃo perdido
RÃo perdido Nevada…, tus vaticinios… parecen cumplirse —dijo Ben jadeante aún del esfuerzo y de la emoción, sentándose para secarse el rostro—. ¡Cielos! ¡Qué fácil es! Demasiado bueno para ser verdad.
—No. Es bueno y es verdad. Cuando cojas al Rojo tuyo entonces puedes delirar, si quieres, pero esto…, esto no es más que un buen dÃa de trabajo corriente.
—Retrocedamos al borde —dijo Ben, levantándose para asomarse al enorme y oscuro despeñadero. Una de sus paredes estaba envuelta por las tinieblas, la otra iluminada por la blanca luz de la luna. Los caballos salvajes no se habÃan ciado aún cuenta de que estuviesen encerrados. Desde la caverna oÃanse los huecos impactos de sus cascos.