Río perdido
Río perdido Ina se acostó aquella noche con su hermanita Dall bajo un enebro, cubriéndose tan sólo con mantas. Era en realidad la primera vez que lo hizo y compartía la emoción ante lo nuevo que mostraba Dall. La noche era os cura, sólo se percibían los destellos de las llamas de la fogata del campamento. El viento movía las copas de los enebros y jugueteaba con los cabellos de las dos hermanas; desde las laderas de la montaña oíanse los gritos de los coyotes y por encima de los picos de la sierra se divisaba el firmamento estrellado. ¿Dónde quedaba el calor que había hecho insoportables las noches en la hacienda del lago Tule? Dall acurrucábase al lado de Ina ha blando en voz baja de su alegría, de las maravillas que la rodeaban y también del mundo de insectos y de animales que adivinaba en la oscuridad. Mas pronto advirtió Ina que un gran peso obligábale a cerrar los ojos y sintióse invadida de una lánguida y dulce sensación de cansancio.
Despertóse la joven a la salida del sol, advirtiendo que Marvie la golpeaba cariñosamente con la caña de pescar.
—¡Arriba, gandulona! —exclamó, burlándose—. ¿Qué especie de mujer de ranchero vas a ser durmiendo a estas horas?… Oye, levántate; tengo algo que decirte.