Río perdido

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Al regresar al bosquecillo, halló Ina a varios vaqueros con tiendas, madera y herramientas, dispuestos a trabajar y, de paso, a verla a ella. Poco después llegaron también su padre y su madre, empezándose en seguida la tarea de construir un campamento veraniego, cómodo y agradable.

—Hija, dinos dónde quieres tu tienda —dijo el señor Blaine—, y haré que esos grandullones empiecen el trabajo.

Ina eligió un lugar conveniente junto al gran enebro bajo el que había dormido. Y la magia de las rápidas manos de los vaqueros realizó pronto el milagro de construir un buen suelo de madera, un maderamen fuerte y sólido para sostener la lona de la tienda. En la parte delantera colocaron una lona suelta que servía de techumbre del porche.

Ina y Dall habían determinado dormir, al principio, al aire libre, bajo la amplia copa del enebro, usando la tienda para otras cosas. Así llevaron a ella sus numerosas cajas y bultos, procediendo en seguida a abrirlos. Mientras así trabajaban entraron dos vaqueros, uno con martillo y clavos, y el otro con una gran caja de madera de pino, en cuyo interior había tablas dispuestas a modo de anaqueles.

—Bueno, señorita Ina, creo que necesitarán ustedes algo donde colgar sus cosas —dijo el uno, empezando a clavar clavos en los travesaños del maderamen.


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