RÃo perdido
RÃo perdido —Aquà le traigo una caja arreglada para que le sirva de lavabo, señorita —ofreció el otro—. No es una maravilla, pero no he podido encontrar otra cosa. Además, he visto una jofaina nueva al lado del carro-cocina, y se la traeré llena de agua, si no tropiezo con su papá.
—¿Qué importa que encuentre a mi padre? —dijo Ina riendo.
El vaquero, un joven de buen aspecto, limpio, aseado, estaba descubierto y respetuoso, pero con los ojos muy abiertos.
—Es que ha dicho que se tuviese cuidado con el agua de los barriles y que, si tan necesario era lavarse, ahà estaba el lago.
—Pero… ¡qué gracia!… ¡Claro que es necesario! Y eso no es posible hacerlo con esa agua fangosa —protestó Ina.
—¡Seguramente! Y se lo dijimos. Pero ya conoce usted a su padre. Y no se refirió expresamente a nosotros, los vaqueros; de modo que es probable se incluya a todo el mundo en la prohibición.
—¿Por qué habrá comprado mi padre este rancho? —preguntó Ina, extrañada, pues sabÃa que su padre era capaz de prohibirles a ellas el uso del agua.