Río perdido

Río perdido

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—Lo obtuvo por una bicoca, señorita Ina. Y además tiene los ojos puestos en Río Perdido. Nosotros tratamos de persuadirle de que no viniesen aquí en esta época de sequía. No hay agua, todo está seco y quemado. Hacer pozos no servirá para nada, porque no encontrarán agua. Y seguramente le hubiésemos convencido de que era mejor esperar la época de las lluvias, de no haber sido por el señor Setter. Éste insistió en venir ahora.

—Bueno… muchas gracias, muchachos —repuso Ina, pensativa—. Traigan, de todos modos, un cubo de agua. Yo acepto la responsabilidad.

Ina había casi cedido a la tentación de hacer algunas preguntas pertinentes acerca de Less Setter, mas, reflexionando, se dijo que el tono franco del vaquero implicaba cierta antipatía para el socio de su padre. Ya en otras ocasiones había oído opiniones desfavorables sobre Setter, lo que confirmaba la suya propia, y creyó la joven que las semanas venideras traerían consigo interesantes acontecimientos.

Pasó el día tan rápido, que Ina no se dio cuenta de nada. No hubo comida al mediodía, pues su padre había impuesto en el campamento la misma ley que imperaba entre los vaqueros cuando se hallaban en los campos de pastos: sólo había dos comidas al día, mañana y tarde.


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