RÃo perdido
RÃo perdido —Pues será bueno para él perder algo —aseveró Ina.
—Eso mismo le he dicho yo. Mas ¡nunca lo hubiese hecho! Creà que me iba a pegar… Bueno, sucederá lo que ha de suceder. No lo digas a nadie, hija, pero me alegro de que no quieras casarte con ese Macadam. No me ha gustado nunca; pero, como en nuestras actuales circunstancias no encajo bien, me callo mis ideas. Cuando hace poco ese Sewell venÃa hacia aquÃ, estaba en la puerta de mi tienda. Creà que estabas dormida, y al ver que de un salto te apartaste de él, deseaba que uno de nuestros muchachos vaqueros viniese. Y cuando le cruzaste la cara…, pues…, me emocioné… Supongo que ya no volveremos a ver nunca más a ese tonto y que podremos pasar los domingos más en familia.
—¡Qué buena eres, mamá, y qué comprensiva! Yo me sienta como si me hubiesen quitado unas cadenas. Pero… nos olvidamos de Setter.
—¿Qué quieres decir, hija?
—No era mi intención decirte nada, mamá; mas ya que he empezado… Setter, últimamente, se ha mostrado muy inconveniente conmigo, mucho más que Macadam. Éste me fastidiaba, pero Setter me molesta, casi me asusta.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha hecho? —exclamó la madre, aturdida.