RÃo perdido
RÃo perdido —Ya lo he visto, Blaine, y me hago cargo —observó Setter suavemente—. Pero el negocio es el negocio. Esos pobres diablos de rancheros aún estarÃan peor si no les comprásemos los terrenos. Terminemos, pues, este gran asunto del RÃo Perdido y creo que ya tendremos bastante.
—¡Hum! Paréceme que ya lo tengo ahora —exclamó Blaine—. Buen disgusto he tenido hoy.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Setter con viveza.
—Vino el joven Macadam esta mañana —explicó Blaine—. Estuvo inconveniente con Ina y ésta le dio una bofetada, despidiéndole luego. Sewell vino a verme hecho una furia. Al escucharle, me enfurecà y le dije unas cuantas de mi cosecha. Se marchó jurando que me llevarÃa a los tribunales. Ahora tendré que ir a Klamath para devolverle a su padre los treinta mil dólares que metió en nuestro negocio. La que no le he dicho a usted es que el viejo Macadam quiere que su hijo se case con Ina, y que yo, como un tonto, apoyé la idea, sin pensar ni mucho ni poco en mi chica. Sin embargo, me dieron los treinta mil dólares a base del matrimonio entre Sewell e Ina.