RÃo perdido
RÃo perdido —No sé si es el raciocinio o aquella inspiración de que antes te hablaba —continuó Nevada—. El caso es que presiento algo bueno. Y ahora, escúchame. Tú y yo hemos parcelado trescientos veinte acres de esta pradera. Hay tres parcelas que podrÃamos comprar por poquÃsimo dinero. Se trata del mejor terreno del valle del RÃo Perdido y con él se logra dominar toda la lateral opuesta. Sin advertirlo hasta ahora, nos hallamos en realidad en una región propia para ganado. Hagámonos, pues, ganaderos, BenjamÃn… ¡Maldición! ¡No me mires con esa cara! Te digo que me siento inspirado. Ahora es el momento oportuno para comprar ganado, puesto que va barato a causa de la falta de agua y escasez de pastos. Lo primero es decidirse, lo del dinero vendrá después. Cuando venga la época de las lluvias, habrá un auge tremendo en esta región. Los caballos salvajes tienen que desaparecer, naturalmente. Tú también lo comprenderás asÃ. Pues bien, cojamos al pelirrojo de California y mil caballos salvajes. Los guardaremos, en lugar de venderlos, y con ellos empezaremos nuestro rancho de crÃa caballar en gran escala.
—Nevada, antes me has dicho que no habÃas bebido una sola vez.
—Te lo juro, además.
—Entonces, ¿qué se te ha metido en la cabeza?
—El sentido común y una inspiración.