RÃo perdido
RÃo perdido —Has dado en la herradura y no en el clavo, compadre… No, no es eso. Lo que hay es que no he bebido ni una sola vez desde que salà con los caballos. Lo hice porque creÃa que acaso verÃa a tu hermana y no quise oler a whisky.
—Eso te honra, Nevada. Y, naturalmente, a Hettie le debió de complacer…, pero…, ¿qué hay en ello de particular?
—Nada, sólo que me encuentra mejor. Me parece que dejaré de beber en lo futuro —observó Nevada pensativo—. Ben, si logro para ti a ese caballo pelirrojo…
—¿Qué? —exclamó el joven, dando un salto como si le hubiesen pegado.
—Perdón, compadre. Quiero decir si te ayudo a coger a ese endiablado garañón que tanto deseas, ¿me escucharás?
—SÃ, Nevada. Ahora mismo atenderé a tus razones. Pero oye, estoy seguro de que has oÃdo algo del pelirrojo, ¿verdad?…
—Vaya, pero no lo diré. Quiero desayunarme, y si te dijera lo que sé, serÃas capaz de tirarlo todo y marcharte corriendo.
Al oÃr las palabras de su amigo, el joven se emocionó, suplicándole que no le tuviera en ascuas.