RÃo perdido
RÃo perdido —Aunque sabÃa quién era, me preguntó si era amigo tuyo; cuando le dije que sÃ, empezó a dispararme una andanada de preguntas acerca de ti, a las que respondà con igual rapidez. Después me miró de frente (creo que fue en aquel momento cuando me flechó) diciendo: «Nevada, si es usted amigo de Ben, lo es mÃo. DÃgame, pues, la verdad. ¿Viven ustedes dos honradamente?». Le con testé: «Señorita Hettie, no acostumbro mentir a las mujeres, y mucho menos a usted. Ben y yo vivimos honrada mente…». Entonces me apretó la mano y se echó a llorar, fue un momento terrible para mÃ. A poco volvió a ser la de antes, se irguió, espetándome en la cara: «¿No les da vergüenza a los dos que les crean… lo que no son? Éste es un paÃs nuevo. Algún dÃa será grande. Los dos son ustedes jóvenes y fuertes, y buenos jinetes. ¿Por qué no hacen algo? Santo y bueno que les guste la caza de los caballos salvajes, pero, por amor de Dios, hora es que los cojan también. PodrÃan venderlos. PodrÃan comprar ganado y parcelas. Pueden estudiar, hacer proyectas y, sobre todo, pueden trabajar. Hay que demostrar a estos viejos de aquÃ, tan testarudos, que saben ser algo…». En fin, querido Ben, un niña me hubiese podido tumbar en el suelo en aquel instante, tan emocionado estaba. TenÃa unas enormes ganas de hablar, de decir todo lo que guardo en el pecho, pero no pude pronunciar ni una palabra siquiera. Ella se marchó con un «hasta la vista», dejándome allà plantado como un tonto.