RÃo perdido
RÃo perdido —Bueno, bueno…, pues no he hablado en balde a esos muchachos del rancho. Blaine se llevó, además, otro carro lleno de herramientas, palas, picos, azadones, hachas, un arado y una pequeña apisonadora, amén de algunas latas de pólvora.
—¡Ajá! Eso quiere decir que van a construir caminos.
—Mañana les seguiré para ver qué se proponen. De momento, me asombró su salida, pero, después, pensé que,, habiendo buenas carreteras, nuestras propiedades van a valer el doble.
—Es verdad. Me habÃa olvidado ya de que somos propietarios de cuatro ranchos… Bien, dime, ¿a quién más: has visto?
—Creo que a nadie más… ¡Ah, sÃ…! He visto también a tu chica, Ina Blaine. La conocÃ. ¡Ya lo creo!, a primera vista.
—¿Has visto a Ina? —exclamó Ben, agitado—. Pero, claro, no le hablarÃas.
—¡Vaya! Hablé un poquito con ella. Me trató muy bien, con mucho cariño. Y si no estuviese tan chalado por Hettie, te la quitarÃa. Es tan hermosa como… como… ¡Dios mÃo, si no he visto nada tan lindo! No es extraño que no puedas dormir, ni comer, ni trabajar, ni descansar, ni siquiera ser amable con tu compañero. La verdad es que las mujeres son el infierno para los hombres, ¿eh, Ben?