RÃo perdido
RÃo perdido —¿Yo? Oh, he estado cabalgando por el solitario paÃs —dijo Ben imitando muy bien la voz de su amigo.
—¡Ajá! Pues el cabalgar toda la noche sin dormir te conviene mucho —replicó Nevada—. Tienes muy buen aspecto.
—Y me encuentro muy, bien. ¿Dónde está Modoc?
—Acabando de terminar el desayuno. —Nevada miraba a Ben de hito en hito con sus ojos penetrantes—. Bueno…, que me aspen si no sé ya a qué atenerme.
—¿Qué es?
—Respecto a ti.
—¿De m� Pero Nevada, no sé a qué te refieres. Yo soy diáfano en todo, el misterioso eres tú.
—Tú has: estado con Ina Blaine. Ben se echó a reÃr.
—¡Maravilloso, Nevada! ¿Cómo lo has adivinado?… ¡Qué hipócrita eres! Bien sabes tú lo que ha pasado.
—No, no, Ben. ¡Palabra!
—¡Cuéntamelo! —suplicó el vaquero.
—SÃ, he estado con Ina. Nos hemos prometido para casarnos. Dios mÃo, parece mentira… Y, sin embargo, es verdad. No sé cuánto te corresponde a ti en el logro de mi fortuna y felicidad, pero paréceme que es mucho. Ina no ha querido hacerte traición.
El rostro de Nevada reveló una gran alegrÃa al ver feliz a su amigo.