Río perdido

Río perdido

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—Muy bien, amado mío —repuso Ina volviendo, a rodearle el cuello con los brazos, roja como una peonía, los labios trémulas y los ojos fijos en él. Si crees que—, es lo mejor…, si no me quieres ya mañana… para ayudarte a sostener la lucha…, bien, entonces tendré que aguardar hasta que le plazca a su señoría. Pero no olvides que estoy dispuesta ahora mismo.

—Me atormentas. No podré resistir mucho más.

—¡Oh… Ben! —suspiró Ina y se dejó caer en sus, brazos.

—¡Mi dulce bien! Ina de mis antiguos amores —murmuró Ben con voz ronca—. Creo que me has salvado el alma. ¡Que Dios te bendiga! Con tal de que sea digno de ti.

Y la besó con fervor, escondiendo ella luego el rostro, sobre el pecho del joven, toda temblorosa. Así estuvieron largo rato, estrechamente abrazados, mientras la brisa jugueteaba con los rizos de Ina, acariciando el rostro de Ben, quien, estático, contemplaba la cinta plateada del curso del Río Perdido.

Ben acompañó a Ina y a Marvie en el regreso, despidiéndose de los dos al pie de la colina, no lejos del rancho. Ya era de día cuando llegó de nuevo a su cabaña de Río Perdido. Y Nevada le esperaba.

—Bueno, hombre…, ¿dónde has estado tú? —exclamó el vaquero, furioso y aliviado al mismo tiempo.


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