RÃo perdido
RÃo perdido —Amigo, yo veo ganado —murmuró Nevada, quien tenÃa los prismáticos—. ¡Caracoles…! Que me aspen si no llevan la marca A I. A número uno, como dicen los vaqueros, es decir: Amos Ide. El ganado de tu padre.
Ben sufrió tal emoción que le costó trabajo reconocer el ganado, mas, al fin, con los prismáticos lo vio clara mente.
—¡Cielos! —exclamó mirando a su amigo. Éste le sonreÃa.
—La suerte nos favorece. ¿Qué opinión tienes ahora de Modoc?
—Remontemos un poco más, Nevada, para salvar ese risco que nos impide ver mejor.
—Creo que deberÃamos proceder con cautela —avisó su amigo—. Si los de Hall nos ven, echamos a perder nuestro plan.
Mas Ben sentÃa grandes deseos de explotar aquel paraje, creyendo que la distancia les salvaba de ser vistos. Recorrieron el borde del cañón, dieron la vuelta al risco, atravesaron matorrales y bosquecillos de cedros, hasta llegar a otro claro, desde el cual vieron unas doscientas cabezas de ganado, en el de la cañada, paciendo entre los árboles.
—¡FÃjate! —murmuró Nevada, de pronto—. ¡Humo!… AllÃ… abajo.
—Ya lo veo. Es de una fogata —repuso Ben, agitado.