Río perdido

Río perdido

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Vio a una muchacha de catorce años, con sus trenzas de pelo castaño colgándole por la espalda, su blanco y aterciopelado cutis que no se atezaba ni siquiera en verano y los ojos oscuros de suave mirada. Luego recordó la sólida figura de su padre, de músculos y de frente férreos, el rostro lleno de arrugas, señales de su vida en duras luchas.

Por último pensó en su madre, punto esencial de la carta de Hettie. La viejecita estaba enferma, agotada por la vida y por el dolor.

Benjamín sintió las punzadas crueles del remordimiento; fue para él un instante amargo, pero breve, porque decidió al instante hacer una visita a su madre. Doblando la carta de Hettie, entró en la cabaña.

—Modoc, ensilla el caballo gris —dijo.

El indio cesó en su labor, saliendo al momento. Nevada alzó la vista, mirando a Benjamín con ojos de curiosidad, como si quisiera adivinar lo que le pasaba.

—¿Malas noticias, Ben? —preguntó.

—Sí… Hettie dice que mi madre está… muy mal y que debo ir a verla —repuso Benjamín, sacando al mismo tiempo sus espuelas y arreos—. Sea como sea, si mi madre muriese, el dolor habría de ser inmenso para mí, pero añadiendo a ello el saber que he sido yo quien le ha destrozado el corazón; es…

Cabizbaja se dirigió a su lecho, dejando caer las espuelas y arreos, y se sentó en el borde de la cama.


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