RÃo perdido
RÃo perdido —Mira, lo mejor será dejarse de entusiasmos, ahora, y cenar. Luego veremos lo que se debe hacer —contestó Ben.
—Ir pronto —dijo el indio con calma—. Llevar un caballo más…, mucha comida…, mucha agua…, mucho trigo.
—Modoc, viejo jefe, usted y yo pertenecemos a la misma tribu de rastreadores —afirmó el vaquero—. Y a esa pandilla de bandidos la seguiremos de dÃa y de noche.
—¿Y dejar el resto de nuestro equipo, de nuestros caballos aqu� —preguntó Ben dudando—. No me gusta eso.
—Ni a mÃ, pero es preciso. De todos modos no creo que, a estas alturas, corramos mucho riesgo. Apersogaré a Blackie con una cuerda muy larga, cerca del mejor lugar de agua y hierbas; los demás caballos no se irán de aquÃ.
Entre los dos lograron, por fin, convencer a Ben, quien llegó a comprender que su pesimismo de dejar los caballos abandonados nacÃa de su gran afecto por el noble caballo negro, y también que su pasión por los caballos salvajes harÃa que algún dÃa cometiese un terrible error.