RĂ­o perdido

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Ben y Nevada observaron en silencio cómo el indio se deslizaba a través del bosque, con el que estaba tan familiarizado como los animales. No hacía más ruido que un pájaro al volar, y siempre parecía escudarse tras un árbol o una mata. Cuando el indio hubo recorrido unos cien metros, Ben y Nevada avanzaron al paso, con el fin de no perderlo de vista.

Así subieron lentamente las colinas de pinos hasta llegar a un punto desde el cual Modoc empezó a bajar. Pronto vio Ben los negros y rojos bordes de la lava que sobre salía en algunos sitios del terreno de pumita, manchando la suave belleza de los bosques al revelar su siniestra naturaleza. Poco a poco iban aumentando en número y tamaño los hoyos en la lava, hasta que los viajeros llegaron por fin al sitio donde empezaban las cavernas.

—Ben, nos vamos aproximando —murmuró Nevada—. Fíjate en el indio. ¿Verdad que es grande? Te apuesto un caballo a que ya los ha visto. ¡Y las ganas que tengo de «sacar» el revólver!

—Tú tiras cuando yo te diga, antes no, ¿estamos? —ordenó Ben.

—Pero ¡maldición! A lo mejor, tu aviso llega con una semana de retraso. Tengo la costumbre de «sacar»…

—¡Ssst! —Ben asió a Nevada del brazo—. Modoc está haciendo señas.


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