RÃo perdido
RÃo perdido Nevada aceptó el ultimátum del jefe de los abigeos como si ésa fuese exactamente la actitud que hubiese esperado, y no se entretuvo en malgastar más palabras con él. Hizo señas a Ben para que viniese a su lado… y le dijo:
—Hall sabe que le tenemos acorralado, aunque sus hombres tal vez no se den cuenta. Veamos ahora qué conviene hacer.
—Cuestión de tiempo y de estrecha vigilancia —repuso Ben, pensativo.
—SÃ. Uno u otro de nosotros debe estar vigilando esa caverna dÃa y noche.
—Modoc, tú has dicho que tienen otra salida, ¿verdad?
—SÃ… Yo cerrarla y Hall no poder salir.
—Muy bien. Cuando lo hayas hecho, sube aquà nuestros caballos y nuestras cosas. Vamos a acampar bajo estos pinos. Luego llevaremos los caballos a otra cueva para que beban y los ataremos donde haya hierbas.
Sin decir una palabra alejóse el indio, a rastras, del borde de la caverna, y a poco, se levantó para echar correr.
—Oye, Ben, ¿hemos traÃdo clavos? —preguntó el vaquero a su amigo.
—Vaya. Hay una buena cantidad de alcayatas en el saco de las herraduras.
