RÃo perdido
RÃo perdido Era rojo como una llama; su aspecto era de lo más salvaje. Ben lo vio claramente, destacado sobre la blancura del hielo, grande y fuerte, mas de piernas esbeltas, como un caballo de carrera de pura sangre. Mientras su manada bebÃa, él vigilaba. La terrible sequÃa habÃale obligado a descender hasta allà para no morir.
Ben se dejó caer en la silla, anonadado. ¡Qué ironÃa del Destino! Brindarle tan maravillosa ocasión en el preciso instante en que no podÃa aprovecharse de ella. Pero al momento se le ocurrió que, costase lo que costase, no podÃa dejarla pasar.
—La verdad, amigo, esto es lo más terrible que se nos ha presentado hasta ahora —dijo Nevada, desanimado—. Siempre hemos soñado con coger al Rojo cuando estuviese abrevando en un lago helado, y ahora está ahà y nada podemos hacer.
—SÃ, podemos cogerlo —exclamó Ben con voz ronca y emocionada.
—No, no podemos —repuso Nevada en tono trágico. Ben sintió de pronto que algo en él se rompió, no sabÃa qué era, pero con la rapidez de una pantera saltó del caballo y se encaró con Nevada.
—Tenemos aquà cuatro hombres útiles, con nosotros, siete en total.
—¡Dios! ¡Ben!… ¿Tú harÃas eso?
—SÃ, señor. Quiero ese caballo. ¿Me vas a ayudar?