Río perdido
Río perdido Gritos estentóreos de alegría celebraron la hazaña. El Rojo estaba cogido, no podía levantarse. Cuando alzó la cabeza, el lazo del indio le rodeó el cuello. La carrera había terminado.
Nevada se aproximó, lazada en mano, blanco el rostro y fieros los ojos.
—Amigo, el Rojo ha sido nuestra perdición, pero… lo vale —exclamó gritando.
Ben contempló casi estupefacto al garañón vencido. El Rojo de California estaba a sus pies; la increíble hazaña era un hecho.
—Bueno, señor Ide —dijo Bill Hall dándole un mano tazo en el hombro—, me alegro que haya cogido a ese gran caballo… Es usted todo un hombre; choque estos cinco… Si tuviese tiempo, le diría ciertas cosas, pero veo que allí vienen algunos jinetes que no me inspiran con fianza y vamos a marcharnos rápidamente.