Río perdido

Río perdido

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El momento era emocionante para el joven. El resultado era seguro. El gran garañón trataría de correr para salvarse, y Ben no deseaba otra cosa, pues volvería a resbalar sobre la brillante superficie, y al caer, quedaría cogido por los lazos.

Iba ahora trotando de un lado a otro, la cabeza erguida, las crines volantes, la cola agitada, semejando una llama viva. Pronto le dominaría el terror. Sus relinchos eran cada vez más fuertes, como si quisiera protestar contra la aparente deserción de la manada.

—Más a la derecha, Modoc —bramó Ben—. Y tú más a la izquierda, Nevada. Encerrarlo en un triángulo… ¡Ahora! ¡Adelante!… A gritar como demonios. Y cerrarle el paso, si corre.

El Rojo avanzó hacia Ben con increíble velocidad, res balando, incluso echando espuma por la boca, dando golpes sobre el hielo con ruido semejante a disparos de pis tola. Parecía que su salvajismo le daba la posibilidad de vencer hasta aquel invencible obstáculo de hielo, porque manteníase erecto a pesar de la velocidad.

Cuando aquélla era mayor, resbaló, cayendo sobre un lado con terrible relincho; siguió resbalando sobre la espalda, las patas al aire. Ben aprovechó el instante para echar el lazo. La lazada cayó sobre las manos del caballo y la cuerda se puso en tensión.


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