RÃo perdido
RÃo perdido —Hay algunos jinetes que se dirigen al lago…, Ina, ésos van a cazar al Rojo.
—¡Déjame ver, Marvie…, dame los prismáticos!
—Un minuto, por favor… Tres jinetes en este lado; dos, qué vienen del rÃo…, tres más en el otro lado… ¿Quién diablos serán ésas?… Me apuesto a que Ben está allà y tiene quien le ayude… ¡Dios mÃo!, es Ben, avanza…, ya está sobre el hielo.
Ina arrancó los gemelos de las manos de su hermano, y, mientras se entretuvo en ajustarlos, oÃa los gritos de entusiasmo de los vaqueros que, como Marvie, daban por seguro que Ben estaba entre aquellos jinetes. Ina se emocionó profundamente.
Los caballos salvajes movÃanse de un lado a otro vacilando, al parecer, sobre qué partido tomar. La joven no lograba sostener los gemelos con firmeza, y tanto temblaba, que se vio obligada a sentarse para apoyar los codos sobre sus rodillas. Asà logró enfocar bien a los caballos y pudo seguir la acción con corazón palpitante.
El Rojo de California corrÃa de un lado a otro, luego empezó una veloz carrera y, resbalando, cayó sobre el hielo, sin poderse levantar.