RÃo perdido
RÃo perdido —¿Y es eso todo lo que ves? —preguntó Marvie con desdén—. Es un caballo rojo…, es un garañón.
—SÃ, Marvie, bien lo veo.
—¿Y qué?
—¿Qué quieres decir, tontuelo?
—Pues… que ése es el Rojo de California…, la obsesión de Ben Ide —exclamó Marvie con énfasis.
La joven casi dejó caer los gemelos; perdió objeto y dirección, pues sus dedos estaban ateridos, se echó a reÃr… y luego, dominándose, halló de nuevo el caballo, y lo contempló largamente. Ahora lo veÃa con ojos distintos, y admiraba cada uno de sus detalles, su color, su nobleza, su aspecto salvaje.
—No…, ahora ya nada puedo reprochar a Ben —murmuró.
—¿Qué diablos pasa? —exclamó Marvie volviéndose—. ¿Quién grita?
—Son los vaqueros —afirmó Ina—. ¿Los ves allà en la puerta de su cabaña?… Están contemplando también los caballos, y por eso gritan.
—Siento que vean al Rojo sobre el hielo. Ahora serÃa fácil cogerlo, pero nadie más que Ben deberÃa ser dueño del Rojo —declaró Marvie volviéndose otra vez hacia el lago—. ¡Caramba, más caballos salvajes! Pero…, no… ¡Ina, dame los gemelos!
Apenas habÃase colocado los gemelos ante los ojos, Marvie empezó a decir, gritando: