Río perdido

Río perdido

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Aquello fue demasiado para Ina, la cual terminó apresuradamente de vestirse, y cubriéndose además con un grueso abrigo, se precipitó al exterior. Marvie estaba sentado sobre un escalón, los gemelos pegados a los ojos, mirando al lago. Ina miró también hacia allí, vio la superficie helada y cerca del centro, donde aún había agua, algunos caballos negros sobre el fondo blanco.

Parecían pequeños, pero a pesar de la distancia en la que se hallaba la joven; pudo ver que se movían.

—Son caballos salvajes. Lástima que Ben esté ausente —murmuró.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —siguió Marvie.

—Pero ¡qué tonto eres! ¿Te estás volviendo loco como Ben por los caballos?

—Ina, mira…, mira al guía de ellos, aquél que está delante —exclamó el muchacho poniéndose de un salto en pie y entregándole los prismáticos.

A Ina le costó algún tiempo para ajustarlos a su vista y poder divisar otra cosa que la brillante y blanca superficie. De pronto, apareció en el campo de los lentes un caballo magnífico, rojo como una llama, más salvaje que otro caballo roja… Era un garañón…

—¡Oh, Marvie! ¡Un caballo rojo!… ¿Es esto lo que has visto? No es extraño tu entusiasmo… ¡Qué maravilloso es!


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