Río perdido
Río perdido Ina permaneció acostada contemplando la llegada del nuevo día. La ancha y lujosa habitación en que se hallaba no era la misma en que pasara su infancia y primera juventud. Ésa había sido un cuartito de paredes blanqueadas, con un techo oblicuo y una pequeña ventana. «Días que ya no volverán», murmuró la joven. Aquel cuartito tan querido, sagrado en su recuerdo, había desaparecido como el lago Tule. Los días de su infancia, tan dulces al recuerdo, habían terminado para siempre. Sus padres, sus hermanos, todos habían cambiado. Así lo comprendió Ina con tristeza. Mientras ella había estado en el colegio, creciendo e instruyéndose, en su casa nada había permanecido quieto.
Era Ina Blaine la tercera entre los cuatro chicos y tres, muchachas hijos de la familia Blaine, y la predilecta dé su padre, un agricultor del Estado de Kansas; emigrado al norte de California, donde compró una gran extensión de tremedal a lo largo del lago Tule. Durante las épocas de lluvia, aquellas tierras estaban cubiertas de agua. Con otros exploradores, tan previsores como él, había trabajado allí en espera de mejores tiempos, y cuando el Gobierna procedió a serrar el lago, realizóse para ellos el milagro de la lámpara de Aladino.