RĂo perdido
RĂo perdido —¿Pruebas has dicho? No son pruebas, son mentiras…, viles mentiras —exclamĂł Ben con angustia. Estaba lĂvido, tenĂa los ojos arrasados en lágrimas. RetorcĂase las esposa das manos. ParecĂa haber olvidado a todos, excepto a aquel hombre que le acusaba y que era su padre—. ¡Escucha…, por favor…, por amor de Dios…, escĂşchame! ¡Papá, no te vayas! ¡Óyeme!… Soy inocente de lo que tĂş crees. ¡Jamás…, jamás he robado nada…! ¡Nunca! ¡Nunca! Culpable si lo soy, y no me importa lo que hagan conmigo, pero no creas que te he robado a ti. ¡Es horrible! ÂżCrees que tu hijo es un criminal endurecido?… Soy inocente… EscĂşchame… Nevada, Modoc y yo…, fuimos en busca de Bill Hall, para cogerle a Ă©l y a su banda. Modoc habĂa visto sus huellas. Encontramos ganado en la cañada de Silver, de la que echamos a los bandidos. Los seguimos hasta los campos de lava, ellos se vieron obliga dos a meterse en una caverna a la que pusimos sitio. Acampamos allĂ vigilando semana tras semana, hasta que Hall y los suyos, muertos de hambre, se vieron obligados a rendirse. Los maniatamos y nos dirigimos con ellos a este rancho. Mi deseo era que Hart Blaine se convenciese de mi honradez… Mas al llegar a RĂo Perdido, el indio vio al Rojo de California sobre el lago helado… ¡Dios mĂo, fue un momento terrible para mĂ! Hace años que vengo bus cando a ese garañón, apasionado por Ă©l. Era preciso que fuese mĂo. TĂş no puedes comprenderlo, pero crĂ©eme, poseerlo era mi obsesiĂłn. SĂłlo Ă©ramos tres y no podĂamos acorralarlo. PensĂ© en Hall y sus hombres…, les ofrecĂ la libertad si me ayudaban… Dijeron que sĂ. Cogimos al Rojo de California… Fue como un sueño… Luego Hall vio venir a esos policĂas, que llevaban uno de mis caballos de carga. Hall y los suyos se alejaron…, sin pedir siquiera sus armas… Eso es todo, papá…, y es la verdad… ¡Dios es mi testigo!