RÃo perdido
RÃo perdido —Señores —dijo, sentándose sobre la mesa, el brazo apoyado en su hijo—, voy a decir primero lo mÃa y seré breve. Setter ha sido el causante de todos los negocios en que me metÃ. No quiero acusarle a él del pecado de la codicia. Con vergüenza confieso que el codicioso era yo. Mas, habÃa sido pobre durante tantos años que, cuando llegó la suerte, y con ella el poder que da el dinero, perdà la cabeza. Jamás fue mi intención cometer actos deshonrosos. Siempre me dolió tener que desahuciar a los pobres rancheros. Si me he metido en negocios contrarios a la ley, y temo que sea asÃ, todo es debido a mi ignorancia y a mi ceguera. Deseo hacer las paces con todos los rancheros con quienes he tratado, devolviéndoles lo suyo. Creo que podré salvar mi hacienda de lago Tule, del de sastre, pero eso será todo, a no ser que los documentos, con mi firma, que Setter tenÃa en su poder, no los puedan hacer efectivos los Bancos y particulares con los que él trabajaba.
—Señor Blaine, es para mà una satisfacción poderle decir que todas las transacciones de Setter son nulas —afirmó Strobel.
—Pues en tal caso tengo más suerte de la que merezco —repuso Blaine con fervor—. Amos…, ¿cómo queda usted en ese asunto?
—Sólo la muerte de Setter podÃa salvarme de la ruina, si no de cosa peor —contestó Amos Ide solemnemente.