Río perdido

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—Señor Ide, haga el favor de entrar en mi oficina —continuó Blaine—. Strobel, llevé usted allí también a Hall y a quien crea conveniente. Marvie, tú te vienes conmigo… Ben, creo que te necesitamos.

La hora más singular de aquel terrible día, tan triste como lleno de regocijo, fue ésta en que Ben se hallaba en la oficina de Hart Blaine. Una mirada al rostro de su padre habíale bastado. Su amargura, su resentimiento, que casi era odio, sufrió un choque violento.

Blaine contrastaba de un modo maravilloso con Amos Ide. Si bien su rostro revelaba el tumulto de su alma, no podía, sin embargo, apagar el brillo de sus ojos, la expresión de alivio, el resurgimiento de la voluntad fortalecida por el dolor y la experiencia.








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