RÃo perdido
RÃo perdido —No lo sabemos. El joven Ide dice que tampoco lo sabe —repuso Blaine—. Pero Setter lo conocÃa…, eso es tan cierto como el Evangelio.
—El caso es —dijo Strobel— que Nevada estaba tan amable que no llegué a sospechar siquiera sus intenciones. Mas cuando de pronto partió como una flecha, barrunté que la cosa acabarÃa mal.
—Acaso lo sucedido le parezca mal a usted, pero para mà tiene un aspecto muy distinto —aseveró Blaine.
—Y ésos de ahÃ, ¿quiénes son? Sé que se llamaban Judd y Walker respectivamente.
—Un alguacil de Redlands y su agente.
—¡Hum! Nunca he oÃdo hablar de ellos. Debe de tratarse de nombramientos recientes, porque el invierno pasado estuve en Redlands. Es extraño.
—Strobel, ¿es verdad que trae arrestado a Bill Hall?
—Ahà le tiene… Ese hombre corpulento con la cabeza de oso…, ése es Hall. Los otros son sus cómplices… Y si he de serle franco, Blaine, le diré que el arresto ha sido cosa de una suerte loca.
—Bien, bien, me alegro —repuso Blaine, con un sus piro de alivio—. Lo mejor será aclarar todo el lÃo ahora mismo.
Y dio orden a sus vaqueros para que cubriesen a los tres muertos.