Río perdido

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«Es preciso que yo vea el lado divertido de la vida —soliloquió riendo—. Porque no cabe duda que es divertido. Papaíto se muestra tan pomposo y engreído; mamá está siempre preocupada con las modas nuevas; Archie, muy orgulloso de su posición, como primogénito de un potentado de la ganadería; Frey y Bob se alejan de la labor del campo, prefiriendo gastar cuellos blancos y divertirse con las muchachas de la cercana ciudad, y, por último, mi hermana Katie, que va a casarse nada menos que con un abogado de Klamath. ¡No la entiendo! En cambio, los niños me compensarán; cuando se hayan acostumbrado de nuevo a su hermana mayor nos vamos a divertir mucho. ¡Arriba, pues! —exclamó a poco, y saltó del lecho».

Estaba de nuevo en su casa y, fuese lo que fuera el cambio que se había operado en el país y en su familia, era su patria y su familia; y sólo allí podría ser feliz. Ina había estado en San Luis, Denver y San Francisco, ciudades que le habían gustado mucho, sobre todo la última, pero jamás sería dichosa sino en el campo y en los grandes espacios abiertos. Adoraba la región norteña de California, su vastedad, las grandes montañas blancas, las interminables colinas de suave pendiente, cubiertas de aromática artemisa, los lagos, arroyos y ríos y, en medio de todo, las dispersas aldeas y los planos verdeantes de los ranchos, aún pocos en número.


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