Río perdido

Río perdido

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Ben le oyó, pero no pudo aprovecharse de la fina apreciación del muchacho. Acercóse una silla rústica y cogiendo las manos de la joven entre las suyas, se sentó a su lado.

—¡Oh…, Ben! —balbuceó Ina.

—¡Qué terrible ha tenido que ser todo eso para ti, Ina mía! —exclamó—. La ansiedad…, la espera…, luego… Nevada… ¡Dios mío! ¡Qué hombre!… Ahora lo veo todo claro. Estaba escrito desde el principio… Pero tú debes olvidar…, no pienses…

—Ben, tú… no sabes —sollozó Ina—. No es la ansiedad, ni la espera, ni siquiera Nevada, lo que me abate… ¡Estoy así porque…, porque… creí que… eras culpable!

Ben sintió helársele el corazón. De un salto se puso en pie.

Marvie se alejó de la hamaca, atolondrado y sobre cogido.

—Ben, éste no es mi: sitio. Voy a preparar los caballos.

—¿Qué? —murmuró Ben muy bajo, la mirada fija en los hermosos ojos de Ina.

—«Sí, soy culpable», dijiste —respondió ésta con un gemido—. Y ya lo creí…, creí que esa exclamación significaba que confesabas ser culpable de las robos… ¿Cómo había de ser de lo del Rojo de California?


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