RÃo perdido
RÃo perdido —¿Te llamó? ¡Oh, Ben, debiste de ir a él! Es viejo y fue precisamente el gran cariño que te tiene lo que causó su decepción…, lo que le hizo ser tan duro… Me has perdonado a mÃ. Ahora perdónale a él.
Creo que no lo podré hacer nunca.
—Ben, no digas eso. SerÃa una crueldad, no obrarÃas como buen cristiano. Sé magnánimo…, sé grande como Nevada.
—No me hables de él —murmuró el joven.
—Perdóname, querida —suplicó Ina—. Es pronto para que pienses en él… y en tu padre… Ahora, lo que debes hacer, es volver a tu trabajo…, a la vida que amas… Lo que tú hagas, lo haré yo…, lo que tú ames, lo amaré también.
—Entonces, ¿es cosa hecha? ¿Te casarás conmigo?
—Sà —respondió ella suavemente.
—¿Cuándo?
—Cuando vengas a buscarme. Papá ha dicho que nos irÃamos enseguida a la hacienda del lago Tule, lo que implica trabajo… Tan pronto como lleguemos, iré a ver a tu madre y a Hettie. Figúrate la alegrÃa que tendrán. ¡Qué dicha para mà podérselo contar todo…! Me hallarás en casa… esperándote.