Río perdido

Río perdido

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—A mí me gusta mucho ir a caballo; lo que me molesta es que lo enganchen —dijo Marvie—. Oye, Ina,, papá me deja el coche y el caballo los sábados y pasado, mañana es sábado.

—Iré contigo donde tú quieras —respondió Ina—. Yo también quiero montar a caballo. ¿Sabes si papá tiene alguno para mí?

—Pero, oye, ¿dónde tienes los ojos? —preguntó el muchacho—. Los pastos están llenos de caballos, el corral también y además hay otros en el granero. Papá se ha asociado a un gran tratante en caballos, un tal Less Setter, que tiene equipos en todo el país. Yo tengo dos caballos. Dall, una jaca; Bob y Fred, media docena cada uno. Tú di a papá que quieres el Rojo de California y fíjate lo que pasa.

—Y ¿quién es el Rojo de California? —preguntó su hermana con gran interés—. ¿Se trata de un caballo o de un vaquero?

—Es un garañón salvaje, el más hermoso y más rápido de que he oído hablar en mi vida. Es demasiado listo para dejarse coger… Ina, me gustaría que el Rojo de California fuese tuyo.

—Es emocionante lo que dices, Marvie, pero yo quiero un caballo domado, manso y dócil.

—Los mustangs salvajes son los mejores y los más mansos, una vez domados.


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