Río perdido
Río perdido El largo paseo de Ina la llevó al fin al pintoresco y viejo corral y al granero, que, extraña observación, no había sufrido cambio alguno en el afán de modernizarlo todo, Hart Blaine, su padre, había conservado, inconscientemente acaso, algo de la atmósfera que antaño reinaba en la hacienda del lago Tule.
Pronto vio la muchacha a su padre, quien, en lugar de llevar como antes botas altas y bata manchada, ves tía ahora traje negro y zapatos. Hablaba con un hombre que se hallaba sentado en un birlocho, sosteniendo las riendas de un tronco de caballos jóvenes y fogosos. Ninguno de los dos dióse cuenta de la llegada de Ina; en cambio, los vaqueros circundantes la vieron y, al pasar, dejaron el trabajo durante un instante para contemplarla con franca admiración.
—… Le digo, Setter, que es un negocio que no me gusta —estaba diciendo el padre de Ina, con impaciencia, cuando ella llegó.
El hombre del birlocho se incorporó con rapidez y Blaine se volvió, viendo a Ina. La expresión dura de su rostro se suavizó, trocándose en sonrisa de cariño y de orgullo, porque Ina era la niña de sus ojos.
—¡Hola, papá! —exclamó la muchacha—. Estoy dando un paseo para ver lo que has hecho de mi pobre hacienda.