Río perdido

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—¡Oh, qué hermoso y valiente debe de ser! —Ina se entusiasmó de tal modo que olvidó que sólo en broma había mencionado su deseo de poseer el Rojo de California.

—Señorita, se trata, en efecto, de un gran caballo —interpuso Setter—. Yo lo vi una sola vez, hace más de un año. Es un animal esbelto, fuerte, ágil, con pelambre roja como el fuego y una crin como una llama. Y no es un matador de caballos, como la mayora de los garañones. Casi todos los jinetes y cazadores creen que será fácil de domarlo, de manera que haga que su papá se lo prometa… Yo soy testigo, Blaine, y será preciso que cumpla su palabra.

—Hija mía, el Rojo de California será tuyo si hay quien lo cace —replicó su padre.

—Se le puede dar caza, creo —dijo Setter, meditabundo—. Sólo hay pocos equipos tras él. Son hombres que se dicen cazadores de caballos salvajes, pero eso no es sino para ocultar el latrocinio de ganado vacuno y caballar. Hall y los suyos andan cerca de Silver Meadow, y, probablemente, los únicos que van de verdad tras el Rojo son los que capitanea ese Ide. Se dedican también a robar, pero creo que Ide desea tanto el Rojo…

—¡Ide! —le interrumpió la muchacha—. ¿Se refiere usted a Benjamín Ide?

—Sí, Ben es su nombre.


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