RÃo perdido
RÃo perdido Ina se dio prisa en tomarse un baño y cambiarse de ropa para bajar pronto y cenar a solas con Marvie. Encontró, al muchacho un poco cabizbajo: seguramente hubo quien se encargó de reprimir la exuberante alegrÃa con que regresara de la excursión. Ina se dijo que nadie ni nada podrÃa borrar el recuerdo de ella ni la inefable dicha que la salida le proporcionó. Hizo caso omiso de la cara avinagrada de su hermana Katie y conquistó pronto a su madre, interesándola en las peripecias del dÃa.
—Bien —le dijo su padre—, no dudo que te hayas divertido mucho, pero no está bien en una joven de tu edad. Marvie hubiera podido saber que no te debió llevar a RÃo Perdido.
—¡Pero si no hemos ido más que a la desembocadura, cerca de Hammell! —protestó el muchacho—. No traspasamos siquiera las colinas.
—¿Por qué no las traspasamos? —preguntó Ina rápidamente. Deseo ir a todas partes. El domingo próximo iremos al lago.
El señor Blaine miró a su esposa, como si quisiera recordarle algo que antes le habÃa dicho; después levantóse tosiendo de un modo peculiar, tos que Ina recordaba muy bien.
—Marvie, tú convertirás a tu hermana en una locuela —dijo severamente—. El domingo que viene no te llevarás ni el coche ni el caballo.